Hoy va a ser un gran día. Así intento despertarme cada mañana cuando suena el despertador del móvil. Abro los ojos y veo que ya no estoy en mi pueblo, Artajona, lo primero que me viene a la cabeza es coger la cámara. ¡Click! Una foto para recordar que hoy comienzan las clases, otra vez. Mi habitación de Pamplona es de lo más curiosa, una mezcla entre nuevo y antiguo. Por eso, mis estanterías se merecen la segunda foto de esta mañana. Camino entre sueños hacia el baño, y no puedo evitarlo. Las baldosas rosas se merecen otra instantánea.
Creo que no hay nadie que desayune un cola-cado tan negro como el mío, así que ahí va, siguiente foto. Aunque lo peor de cada día, es elegir qué modelito ponerme. Tengo que reconocer que soy bastante presumida. Cada uno se merece una foto, como no. En total han sido casi unos diez diferentes. Por fin, ya aseada, me dispongo a salir a la calle. Pero antes, inmortalizo mi cara en el espejo, ya sin legañas.
Lo que más me gusta de salir a la calle es el ajetreo que hay en mi barrio a eso de las nueve de la mañana. Subida en un banco, disparo con mi cámara a las decenas de coches que histéricos se tocan el cláxon unos a otros. A penas a unos metros de mi casa, lo veo. Al gusano, como lo llamamos nosotras. Más conocidos como trabajadores de la Zona Azul. Tengo que reconocer que nunca me han caído nada bien, siempre me multan. Así que le hago un amago de foto, a ver si se enfada de par de mañana. Camino hacia la villavesa me encuentro con Jon. Es un chico de mi pueblo que estudia en Salesianos, le pido que me deje sacarle una foto, se niega, pero al decirle que está sin batería ni tarjeta, cambia de opinión.
Ya en la villavesa, o autobús urbano, como se llama fuera de Pamplona, saco decenas de fotos a todas las personas que suben y bajan en el trayecto hacia la universidad. El conductor se enfada un poco, pero le explico el asunto y se le pasa.
Nunca me había parado a mirarlos, pero con la cámara en mano me llama la atención los jardines del campus de la uni. Fotografío cada detalle, desde la hierba tan bien cuidada, hasta los caminos que suben y bajan de unos edificios a otros. Creo que nunca había paseado tanto por el campus.
Una vez dentro de clase, aparco un momento la cámara, porque sino la profesora de Literatura y Cine... De nuevo en el pasillo, me siento en una esquina, sintiéndome por un momento alunma de arquitectura, y disparo sin piedad a cada alumno, profesor, bedel... Después de un buen rato, el estómago me pide uno de esos exquisitos pinchos de chaca, así que a por él. Pero antes de pagar, ¡Click! Las decenas de pinchos de Faustino se merecen más de una foto.
Por fin en casa, después de una larga mañana. Mi hermano es el cocinitas del piso, y hoy a improvisado. Una especie de empanadillas, podrían llamarse. Y como no, fotografío su nueva receta.
Por la tarde quedo con Marta, una amiga, para ir a ver jugar a su novio un partido de fútbol sala. Antes de que de comienzo el encuentro, les hago fotos a cada uno de los jugadores. Cojo el balón y disparo de nuevo. Estoy comprobando que la gente es muy borde, nadie se deja fotografiar. Ahora, si les explico que no hay fotos y es para un trabajo, todo el mundo es de lo mas amable.
Me encanta el coche de Marta, y qué mejor ocasión que esta para sacarle unas cuántas fotos. Llego a casa de nuevo, y estoy tan cansada que no puedo ni hacerme la cena. Tirada en el sofa fotografío mi humilde cuarto de estar. Los sillones son lo peor, después de media hora ahí sentada te duele el cuerpo entero. Aún así, les tengo mucho cariño, llevan años ahí sin moverse, qué vida la suya. Por eso, son dignos de otra pequeña sesión de fotos.
Por fin estoy en la cama, tumbada, con las mantas hasta arriba, disparo la cámara para captar el último momento del día.