Eran las diez de la mañana pero estaba muy tranquilo. Los pasillos despejados, las tenderas con tiempo para charlar con sus clientes y alguno hasta se escapaba a fumar un cigarrillo. Pensaba que una mañana en el mercado de Santo Domingo era más estresante. Aún así, el sitio me encantó. Tengo que reconocer que aun siendo de aquí, de Navarra, nunca había pisado el mercado. Es un local con encanto. Tiene bastantes años pero está muy bien conservado. Además de impecable, ni un papel por el suelo. Las cristaleras del techo dejan pasar la luz y cuando sale el primer rayo de sol, se ilumina cada rincón del mercado.
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